La profesora de italiano que habla de Dios a sus alumnos musulmanes

Mi clase aprende italiano… y habla de Dios

Una periodista docente dinamiza una escuela para extranjeros

FUENTE: Donne, Chesa, Mondo,  nº 92, Junio 2023, págs. 12-13

LAURA EDUATI

Enseño italiano  a extranjeros en una escuela nocturna en Padua. A veces siento que soy su primer puerto seguro… y ellos, el mío. Aunque no sucede siempre ni enseguida. Por ejemplo, hay una joven nigeriana, Cindy, que durante las primeras semanas no podía ni mirarme a la cara. Se ponía sus auriculares y escuchaba el teléfono sonriendo por algo que no tenía nada que ver con nosotros. Un día en clase, le di sus notas y eran buenas. Así se lo dije. Entonces me miró y ahí nos reconocimos por primera vez.

La mayoría de mis alumnos ha llegado a Italia hace pocos meses o pocos años. Nunca antes habían ido a una escuela italiana ni habían frecuentado a una persona local como yo. Ese día Cindy y yo nos miramos como si hubiéramos coronado juntas una montaña, cada una por su lado, pero finalmente reunidas en la cima. Es un encuentro que nos sorprende clase tras clase. Los estudiantes asiáticos descubren que los occidentales dedican una cantidad de tiempo considerablemente mayor al gimnasio, a sus perros o a salir a un bar con amigos. Los estudiantes occidentales escuchan con asombro cómo la jornada del asiático se cifra en trabajo, familia y oración.

Y en este espacio común, desde el primer momento, Dios está siempre presente. Me refiero al hecho de que mis alumnos son casi todos musulmanes. Nacieron y se criaron en India, Pakistán, Afganistán, Líbano, Marruecos, Túnez y Somalia. Las mujeres usan el burka si son bengalíes, solo el hiyab si son indias, o tienen el cabello largo y suelto si son magrebíes. Los discursos sobre Dios y la oración son frecuentes en nuestra aula, ya que la experiencia de fe está en las cosas concretas y cotidianas de una manera que a los europeos les resulta muy nueva.

En esta dimensión de comunidad llego a verme a mí misma a través de sus ojos. Uso jeans, llego en coche a la escuela, no estoy casada y no tengo hijos. Una mujer sin familia, ¿por qué? ¿Qué puede haber pasado? La mayor sorpresa llega cuando respondo una pregunta crucial para ellos. ¿No rezo a mi Dios? ¿Qué sucedió que fuera tan grave? Un día terminé antes con la lección y nos pusimos a hablar. El programa preveía que explicara a los alumnos las tradiciones de Navidad y Semana Santa, incluidas las costumbres no estrictamente relacionadas con la fe, sino con la tradición como el árbol y las luces que visten las ciudades. Entonces indiqué Palestina en la pizarra y descubrí que para ellos era un lugar desconocido ya que muchos han nacido en o cerca de la India. “Aquí nació Jesús en un pesebre, junto a dos animales que calentaban su cuna de paja”.

Me escuchaban con mucho interés. Les hablé de la predicación de Jesús, de cómo contaba historias para facilitar la comprensión y les expliqué que esas historias se llaman parábolas. Kazhi, de Bangladesh, me pidió que les contara una. Elegí la parábola de la adúltera que estuvo a punto de ser apedreada y que es una de mis favoritas. “Vosotros, ¿qué hubierais hecho?”, pregunté a mi pequeña audiencia de estudiantes. Mi alumna india me miró extrañada y me dijo que la mujer evidentemente se había equivocado y había cometido un acto imperdonable. “Jesús dice que es fácil orar por nuestros amigos. Y que, por eso, hay que rezar por nuestros enemigos”. “Pero usted no reza, profesora”, me replicó un estudiante pakistaní. Khalid solo tiene diecinueve años y ha pasado seis caminando desde Pakistán a Italia. Se las arregló para mantener sus costumbres y su fe como una piedra preciosa guardada en el bolsillo.

Dios existe

Cindy, nigeriana y pentecostal, también me dio su opinión: “Dios mira el corazón de los hombres y mujeres, ve si es bueno. Eso es lo que importa”. Mi alumno del Líbano, mientras tanto, guardaba silencio porque un día me confió que no reza y no observa el Ramadán; sin embargo, él cree que Dios existe. En cualquier caso, noté que para él era importante hablar de estos temas. “Cuando veo un bosque, un río, el cielo estrellado, es imposible para mí imaginar que no hay un Dios que creó todo esto”, aseguró. Se hizo muy amigo del estudiante somalí, que en pocos años ha vagado por toda Europa en busca de un lugar seguro. Tiene tres hijos que viven en Suecia y a los que no puede ver porque sus huellas dactilares están registradas en Italia y, por tanto, según la ley, tiene que solicitar asilo en este país que apenas conoce.

Hassan, el somalí, me dijo que no entendía el uso del vino en la liturgia. Cuando se acercaba la Pascua, les hablé de la Última Cena con una imagen de la Última Cena de Leonardo da Vinci. “Jesús, a pesar de saber lo que va a pasar, toma el pan, ¿lo veis sobre la mesa?”, les conté. “¿Jesús se convierte en el pan que comen los fieles?”, me preguntaban con asombro. El muchacho libanés, que estudiaba literatura y ensañaba árabe nos dijo: “Creo que pasa como con la poesía, que la entendemos a un nivel más íntimo y sabio en nuestra mente”.

Las conversaciones con mis alumnos son algunas de las más profundas que he tenido. Concluyo hablando de los últimos días de la vida de Jesús y con la crucifixión. Muestro una imagen del Gólgota: “Por eso los cristianos hacen la señal de la cruz y dicen amén”. ¿Amén? Están asombrados. Amén es la palabra que pronuncian al final de la oración, amin. Durante el curso solemos ir encontrando palabras surgidas en lugares muy lejanos que suenan muy parecidas al italiano o descubrimos etimologías inesperadas.

Un día me di cuenta de que mi clase de italiano está formada por personas que me gustaría proponer como ejemplo a mis alumnos de clase de religión del instituto donde enseño durante la jornada. Tienen dieciséis años y provienen de familias no creyentes o familias extranjeras musulmanas o protestantes. Muchas veces me resultan completamente apáticos. Como muchos de sus compañeros a los que enseño inglés, poseen varios talentos, pero no saben identificarlos, parecen convencidos de que no serán de utilidad para casi nadie. No tienen ese sentido de familiaridad y comunidad que encuentro en mi clase de italiano. Están perdidos, especialmente los italianos. Tienen un parecido tremendo con el protagonista de la película El indomable Will Hunting, que tiene como argumento la vivencia de un joven con una existencia monótona y violenta hasta que descubre que es un genio de las matemáticas. Al final, lo que más le importa no es su carrera universitaria, sino encontrar cómo estar cerca de la chica de la que está enamorado. A mis alumnos les encantó la película.

El Ramadán comenzó en los últimos días de marzo. Como mis clases empiezan a las ocho de la tarde, mis alumnos musulmanes del curso de italiano temían llegar tarde porque después de un día entero de ayuno tenían que comer y luego rezar. Kazhi, el bengalí que ha encontrado trabajo en un restaurante veneciano, llegaba media hora antes con su comida en una pequeña bolsa y esperaba educadamente a que los bedeles de la escuela abrieran la sala para tomar el iftar, la ruptura del ayuno. Primero beben agua y comen unos dátiles. Las mujeres, que suelen ser bengalíes o marroquíes, traían comida de sobra para compartirla con los compañeros que no podían cocinar porque trabajaban hasta tarde. Todo transcurría en un apacible silencio a los pies de la iglesia de San Antonio de Padua donde se conserva la celda en la que murió este santo el 13 de junio de 1231.

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Shaila, india, llegaba siempre tarde por “la niña”. Es decir, tenía que esperar a que su marido regresara a casa para cuidar de su hija y así poder venir a clase. Casi siempre me traía comida y me contaba que quería sacarse el permiso de conducir y seguir estudiado. A medida que pasan los meses, terminamos conociéndonos cada vez más. Celebramos la vida que pasa. Como que al alumno polaco le hayan concedido una hipoteca y para celebrarlo nos trajera bombones para todos. O como cuando el pakistaní tenía que pasar por quirófano. “Tengo miedo”, me decía. Las mujeres bengalíes le ofrecieron unos dulces de leche para consolarlo

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Comentario.

¡Cuántas cosas sugiere este artículo! Porque, como dice la introducción a él que hace el editorial de ese número del suplemento de l’Osservatore Romano publicado en español como suplemento de Vida Nueva, Laura Eduati , periodista y profesora de inglés, relata su experiencia como profesora en una escuela nocturna en Padua para alumnos adultos extranjeros, casi todos musulmanes, donde “los discursos sobre Dios y a oración son frecuentes en nuestra aula, ya que la experiencia de fe está en las cosas concretas y cotidianas de una manera que a los europeos les resulta muy nueva”.

La primera constatación es que es más fácil hablar de Dios y de la oración a personas religiosas, aunque sean de religión diferente de la nuestra, que a gente sin religión, ateas, agnósticas, y especialmente a personas que han perdido la fe y que creen “estar de vuelta”. Esto, yo lo he vivido personalmente en mis años de misionero en África. Y recuerdo, a este propósito, una artículo que leí hace años de Olegario González de Cardedal en el que afirmaba que, si Europa hubiera conservado su fe cristiana, la integración de los emigrantes musulmanes habría sido mucho más fácil, ¡Que triste, por el contrario, esa enorme falta de integración que revelan las recientes y aún actuales “revueltas” de miles de jóvenes de los barros marginales de Francia!

Y la segunda observación es que ese hablar de Dios y de la oración, y, en general, toda forma de dar testimonio de nuestra fe, no puede darse si no ha habido antes contacto directo,  encuentro personal, vecindad abierta, incluso una cierta amistad. Lo vemos en esta profesora, porque su escuela nocturna le ofrece la ocasión de estos encuentros. Luego lo primero, si queremos ser testigos, será ser respetuosos, abiertos, acogedores y, si hace falta, solidarios, con los inmigrantes con los que tengamos ocasión de tratar.

Y todo ello, como insiste el Papa Francisco, sin proselitismo. ¿No se suele decir que con los musulmanes es imposible evangelizar? Suele ser imposible hacerles cambiar de religión si sólo se les propone eso. Pero eso no es anunciar la Buena Noticia. No hay que olvidar que ellos, no solamente creen en el mismo Dios que nosotros, sino que, además respetan, como lo hace el Corán, a Jesús (el profeta Issa) y a María, su Madre  (Miriam). Y que los terroristas de Yihadismo no sólo atacan a muchos mas musulmanes que a cristianos y que, ellos, no tienen nada de verdaderos musulmanes.             

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