Mi corazón y mi tiempo están llenos de africanos

De nuevo… les voy a halar de inmigración

María de la VÁLGOMA, Profesora de Derecho Civil, Universidad Complutense, Madrid.

VIDA NUEVA, nº 3.203, 5-11 diciembre 2020, página 50.

De nuevo…les voy a hablar de inmigración, pese a haberme prometido a mí misma no hacerlo, ya que ha sido tema reiterativo en estos artículos en los últimos seis años. Ya decía [Jesús, según] san Mateo que “ex abundantia cordis, os loquitur”  [de lo que rebosa el corazón habla la boca] (Mt.12, 34), y es cierto que mi corazón y mi tiempo están llenos de africanos, de esos que Europa y España rechazan.

Por eso me ha alegrado tanto la rápida respuesta de los obispos españoles, antecedida por la de los obispos canarios, ante la situación actual de estos inmigrantes que mueren, ahora en el Atlántico, una vía mucho más larga y peligrosa que la del Estrecho, o –los más afortunados- llegan a Canarias. Los medios hablan de “avalanchas” o “invasiones”, echando más leña al fuego, cuando la mayoría de los inmigrantes que llegan a España lo hacen por Barajas, y no son africanos precisamente. Venezolanos, colombianos, hondureños… son los que copan las primeras cifras de inmigrantes que llegan a nuestro país. No vienen de países en guerra, pero sí de aquellos con lo que ahora seconoce como “violencia estructural”. La inmisericorde política migratoria de Trump, que ha llegado a separar a los niños de sus padres como se hacía en los campos de concentración nazis, y la situación de violencia en muchos países de América Central ha llevado a que se dirijan a España.

Pero hablábamos ahora de la situación de Arguineguín, puerto canario de llegada. El ministro Marlaska se niega, como se hacía hasta ahora, a mandarlos a la Península y que desde aquí vayan a Europa, donde muchos tienen familia, y donde se les podría integrar con un reparto equitativo, ya que su obsesión es devolverlos a sus países, aunque sepa que, en muchos casos, es imposible hacerlo. Se habla ya de otra Lampedusa, otro Lesbos, donde malvivir, sin que puedan respetarse sus más elementales derechos y, con ellos, su dignidad.

Muy acertadamente, los obispos canarios señalan todos los aspectos positivos que la inmigración trae: juventud a una sociedad envejecida, que en unos años no podrá garantizar las pensiones a las personas mayores; hijos en una Europa con la natalidad más baja del mundo; trabajo en lo que los españoles no quieren; pago de impuestos, cuando trabajan de manera regular. Dan mucho más de lo que les damos, está más que demostrado. Pero aun así, el racismo aumenta. Y cuando me encuentro con una de esas personas que muestran su rechazo, le pregunto: “¿Quién cuida a tus padres mayores? ¿Quién a tus niños? ¿Quién recoge la fresa, o las naranjas, o la verdura que comes?”

Seguirán viniendo mientras no tengan en sus países posibilidades concretas de vivir con dignidad. No podemos permanecer ajenos a su dolor, no lo digo yo, lo dicen los obispos. Debemos acoger, proteger, [promocionar], integrar, no lo digo yo, lo dice el papa Francisco.

 

 

 

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